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BLOQUE CINCO
Escena segunda
ARMELINA, MENCIETA y GUADALUPE.
MENCIETA.- ¡Ay, señora! En mi ánima si pensé que acabara hoy su madre. ¡Jesús y qué ha encaramado de
disparates!
ARMELINA.- Ansí son apuestos viejos. Yo por reír dije que me dolía la cabeza, y por oír aquellas vejeces.
MENCIETA.- ¡Y qué estudiado que lo tiene!
ARMELINA.- Maldita la cosa sino lo que a la boca se le viene, que como ya caduca en edad habla más que
sabe, especialmente que aquestos viejos no son más que niños.
MENCIETA.- Esta otra mañana estaban hablando mi señor y mi señora muy en secreto, y no pensando
que yo los escuchaba, decían no sé qué de vuesa merced.
ARMELINA.- ¿De mí? ¿Y qué?
MENCIETA.- Pues dame albricias.
ARMELINA.- Buenas sean. ¿Qué hay?
MENCIETA.- Que según parece andan por casarte.
ARMELINA.-
¿Todo eso era? En mi pensamiento están. ¿Y con quién, Dios en hora buena sea, si
entendiste?
MENCIETA.- Con un hombre muy honrado.
ARMELINA.- ¿Y quién?
MENCIETA.- Con el zapatero que enviudó este otro día.
ARMELINA.- Yo te creo, que mi ventura es tal, que aun para lo que yo merezco es muy alto casamiento
aquese. Mas calla, que no sé quién viene.
GUADALUPE.- Agora no creáis sino el que a riedro vaya ordena unas cosas que no puedo entender dónde
diabros las añasga o las arguye, que estoy en pie y no atino más a abrir los ojos que si nunca los tuviera.
¡Válame el santo que está entre Fregenal y el Almadén! A él me ofrezco y le prometo unos ojos de la color
de estos míos, de cera, pez o estopa, o de miel de Cerrato. ¡Oh, desventurado de mí! Si los puedo tener
abiertos dos cantos de melón, que luego no se friegan, como bolsicón de echar aguinaldo. En fuerte
punto me parió mi madre si me tengo de quedar ansí.
MENCIETA.- ¿Qué es eso, Guadalupe?
GUADALUPE.- ¿Eres tú, Mencieta?
MENCIETA.- Sí, hermano. ¿De qué te vas lamentando?
GUADALUPE.- ¿No ves, hermana, que apenas abro los ojos cuando luego se me caen las compuertas como
postigo de golpe o puerta caladiza de portal?
MENCIETA.- El asno aún se debe venir todavía durmiendo y no atina.
GUADALUPE.- Ansí viva Alonso, el porquerizo de Medellín, el tío de mi mujer, como es eso. Debe de ser
de herencia que mis pecados grandes me han dado.
MENCIETA.- ¿Qué darías por sanar?
GUADALUPE.- ¿Qué? Toda una semana prometería al Abad de Monserrate dormir en pie y vestido como
mi madre me parió.
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